MARIA MONTEGUER. ESCRITORA

Blog literario de Maria Monteguer
AUTORA DE:

LAS DOS TERESAS
EL GIRO DEL CALEIDOSCOPIO
LAS CARTAS DE JOPACLONDO

domingo, 12 de enero de 2020

                                                       CAPÍTULO 2º DE LAS DOS TERESAS

Capítulo II
La caja de bombones

No hacía mucho que llevaba en esta tienda y ya me sentía integrada en un equipo que, aparte de muy numeroso, era  nuevo y diferente. Había conseguido pasar página de una manera radical, gracias a que ahora me sentía mucho más útil y valorada en cada cosa que  hacía,  algo primordial para mí después todo lo sufrido apenas unos meses antes.
Mi trabajo consistía en vender, asesorar y controlar género entre mil tareas más, una rutina diaria de papeles y clientes que, hacían cada jornada distinta. A pesar de que yo ya era veterana en esto, aún me costaba seguir el ritmo tan acelerado que día a día hacían de mi tienda la número uno de toda la compañía, donde cada gestión,  incluso la más sencilla,  se volvía laboriosa y complicada.
Si luchar con los clientes era agotador, aquí  tenía una nueva tarea, intentar llevarme bien con cada uno de mis compañeros, cosa complicada  debido a la variedad de caracteres, porque había pasado de trabajar en una tienda con cuatro compañeros a otra con veinticinco; sin embargo, yo estaba contenta, ahora sentía que el viento soplaba a mi favor.
La tienda se hallaba en un bonito local ubicado en el corazón de la ciudad. Era muy amplia, de dos plantas y con un sótano enorme, y  había sido reformada hacía poco tiempo con una decoración minimalista e innovadora que le daba un aire moderno y muy actual.
El equipo, tan amplio como necesario, lo formaban el director, doce vendedores, tres técnicos de  taller  y nueve ópticos optometristas encargados de velar por la salud visual de los clientes. Quién me iba a decir a mí entonces que el futuro me tenía reservado un sitio entre ellos.
Muy responsable, centrada siempre en cumplir con mi trabajo, ignoraba que estaba a punto de iniciar el comienzo de una nueva etapa en la que el esfuerzo, el sacrificio y la constancia serían la moneda de cambio de una merecida recompensa, aunque, para lograrla,  tuviera que  acceder a un nivel para el que yo no estaba preparada.
Aquella mañana había llegado mucho género nuevo. Muerta de curiosidad, entre caja y caja empecé a leer los papeles que Arturo había dejado en un rincón de la mesa y que todavía nadie había leído. Terminaba de ojear el último folio y entró mi compañera, que comprobando la cantidad de valija que faltaba por abrir, me regañó:
—Aurora, ¿aún vas así? Te estoy esperando para colocarlo todo. ¿Se puede saber qué lees con tanta atención? ¿Acaso nos van a subir el sueldo?   Date prisa, que es para hoy.
Mary siempre era igual, un encanto, también muy gruñona.
Sin hacerle ningún caso, seguí leyendo aquellos papeles que encerraban una apasionante propuesta, hasta que otra vez Mary, mucho más acalorada, entró de nuevo dispuesta a concluir ella misma mi trabajo.
—No  te  enfades, Mary, cálmate —le dije—. Mira lo que han enviado de la central; es muy interesante, anda, échale un vistazo.
Mary, que no estaba para ninguna historia, ni siquiera me escuchó y se puso a etiquetar las gafas que quedaban.
Ya más tarde, mientras le ayudaba a ordenar todas las novedades que habían llegado, mi pensamiento todavía perdido en el correo de la central me impedía alcanzar el ritmo de Mary, que, con una habilidad extraordinaria para poner cada cosa en su sitio, se dio cuenta de lo lenta que iba y me dijo:
—Aurora, no sé qué te ocurre hoy, pero estás muy rara. A este paso no terminamos ni mañana.
Y yo, sin poder evitarlo, seguía con lo mío: "Tener la selectividad aprobada y un ordenador", era la única condición para formar parte de una selección de estudiantes entre los compañeros de todo el país.
Internet llegaba arrasando como una diosa en el Olimpo; se trataba de una oportunidad que se me presentaba en bandeja de plata. Sin embargo, mientras acababa de completar el último panel, de pronto me vi a mí misma y sentí que era imposible. Tener 41 años, un horario horroroso de ocho horas mañana y  tarde, una hija de tan solo 11 años y la  friolera  de veinte desde que había dejado de estudiar eran algo más que obstáculos que añadir a la dificultad que podía adivinarse en este proyecto.
La voz impaciente de Mary para que me apresurara, de repente, comenzó a confundirse con otra desconocida que sentía en mi interior: "Aurora, ¿estás segura? ¿Cómo has pensado ni por un momento, que podrías embarcarte en un barco tan grande? ¿Acaso crees que serás capaz?"
Aquella voz parecía tan real que tuve que girarme para cerciorarme de que no había nadie más a mi lado aparte de Mary, por lo que pensé que sería mi conciencia. O ¿quizá era otra cosa?
Cansada de darle tantas vueltas a la cabeza, me fui al almacén, a ver si bebiendo un poco de agua podía aclararme algo. La verdad es que me estaba haciendo un lío tremendo, pero aún fue peor, porque Arturo que había tenido la misma idea y apuraba un vaso de agua, nada más entrar, me preguntó:
—Aurora, ¿has leído el correo que os he dado? Por lo visto, a nadie le interesa. Mañana sin falta tengo que contestar a la central.
—"¿Qué si lo he leído? Pero si lo podría recitar de memoria", pensé.
Ante aquellas  prisas, aún no sé muy bien por qué, sin  dejarle ni respirar le dije:
—Verás, Arturo, creo que voy a apuntarme. ¿Por qué no?
¿Pero qué estaba haciendo? Ni siquiera yo misma entendía por qué había contestado así; encima, con una seguridad que asustaba.
De nuevo, otra vez una melodiosa voz, que parecía querer liarme, se agolpaba en mi cabeza: "Muy bien Aurora, ¿y ahora qué? Qué valiente; ya no puedes echarte atrás"
¿Me estaba volviendo loca? No era capaz de identificar esa voz y,  parecía tan real...
Hoy creo que después de todo lo pasado, no fui yo la que respondió; algo o alguien, sin que yo me diera cuenta, dirigía ya mis pensamientos.
Arturo, el director, en un plano superior debido al cargo que ostentaba, transmitía seguridad y confianza a un equipo, cuya experiencia y profesionalidad, de alguna manera contribuía a ayudarle a llevar las riendas de aquella tienda, cosa que desde luego, no era nada fácil, pero nosotros siempre estábamos ahí, en la retaguardia, preparados para cualquier  imprevisto.
Al  término  de la mañana,  minutos  antes de cerrar,  como ninguno de mis compañeros se había animado a apuntarse, Arturo me llamó a su despacho y, muy amable, intentó abrirme los ojos:
—Aurora, ¿te lo has pensado bien?  Son  cuatro largos años en los que tienes que sacar un montón de créditos y con este horario que te ocupa todo el día; además, la universidad de Cubera es una de las más exigentes que hay; no quiero desilusionarte, pero creo que deberías reflexionar un poco más antes de tomar una decisión; aún tienes toda la tarde para decidirte.
Otra vez una seguridad que no sabía muy bien de dónde salía controlaba todas mis palabras:
—Sí, Arturo, te agradezco tus consejos, pero, si no lo intento, jamás sabré si puedo conseguirlo. Sé que, si dejo pasar esta oportunidad, después me arrepentiré; no quiero que me quede la duda para toda la vida.
Aquello fue el comienzo de una odisea, que empezó gracias a que no sabía muy bien dónde me metía; seguramente, si lo hubiese sabido, aunque el resultado fue muy positivo, el “no” habría sido mi respuesta.
Al mediodía disponía tan solo de dos horas para comer. Llegué a casa y se lo conté a mi hermana María, que vive dos pisos más abajo que yo con mi tía Canu. Siempre cerca de mí, ambas han sido uno de mis apoyos más fundamentales, una ayuda imprescindible sin la cual todo habría sido mucho más laborioso y complicado.
Expectante  por  conocer  la opinión  de mi hermana,  le dejé los papeles que había traído de la tienda para que los leyera y, sin tiempo para darle más explicaciones, le dije:
—María, en cuanto  puedas,  échale  un vistazo a esto a ver qué te parece; luego por la noche lo hablamos. Es muy importante.
Ese día la comida fue frugal, casi sin probar bocado; había pasado del entusiasmo al miedo. Por otro lado, el deseo de intentarlo era tan fuerte que podía con todo, pero, otra vez después del café, ya me había convencido de que lo más razonable era cambiar mi decisión y dejarlo para la tarde que podría seguir dándole vueltas.
Por la noche, tras terminar la jornada, llegué a casa muy  indecisa y, después de darle la cena a Carla, le  puse  la  correa  a  Garfio, que esperaba paciente para bajar a la calle, como hacíamos todos los días a la misma hora.
Capitán Garfio era un cocker precioso blanco y negro, con una mancha blanca sobre la frente que le hacía único y distinguido. Le llamamos así, ya que en la familia había dos perros más que se llamaban Peter y Wendy. Un nombre que no le iba nada de nada, porque, aunque se le parecía mucho con sus largas orejas rizadas que hacían de melena y un ojo completamente negro como si llevara un parche, era un perro buenísimo, fiel y cariñoso.
Aquel paseo fue muy diferente a los demás, todo un ir y venir de árbol en árbol preguntándome a mí misma: "si puedo", en este, "no puedo", pero "¿Por qué no? Todo el mundo estudia, sí, pero no trabaja, ¿o se pueden hacer las dos cosas a la vez?" "¿Y Carla, como haré para no robarle su tiempo?" "¿Será muy difícil?" "¿Podré salir?" "¿Y la casa?"  Había tantas cosas que hacer…
La hora que estuvimos en la calle se me pasó volando. Garfio, acostumbrado a paseos de cinco minutos y cansado de dar tanta vuelta, se sentó y me miró extrañado como queriendo decirme: "¿Nos vamos a casa ya?". Su mirada, que hablaba sola, me hizo reaccionar y me di cuenta de lo tarde que era.
Volvimos a casa. María me esperaba ansiosa en el rellano de la escalera con un papel en la mano. No me dijo ni hola.
—¡Toma! —exclamó tajante—. ¡Cuánto has tardado!
La pobre llevaba un buen rato deseando mostrarme un plan que había preparado para mí:
—Mira, te he hecho un horario que es bastante compatible con tu trabajo. Ni te lo pienses, es una oportunidad que no puedes rechazar. Yo te ayudaré con Carla si José no puede; le haré la cena todos los días para que, cuando llegues de la tienda, tengas tiempo libre para estudiar. Ahora depende de ti aprovechar bien cada minuto.
No podía creerlo, mi hermana había decidido por mí y había disipado en un momento todas mis dudas. Mi mayor preocupación era mi hija; no podía alterar su rutina, era demasiado pequeña. José llegaba muy tarde del trabajo, por lo tanto, la ayuda de María se hacía imprescindible, y yo ni siquiera había tenido que pedírsela; salió de su buena voluntad el ofrecérmela.
Carla,  mi hija, tenía 11 años. Nunca olvidaré el día que nació, cuando en aquella carita tan pequeña solo se le veían unos enormes ojos grises, profundos y serenos, que te hacían perderte en la inmensidad de su mirada. Muy buena y obediente, ha sido siempre el motor de mi vida, y el reencuentro con un Dios del que me había distanciado años atrás con la muerte de mi madre, porque la llegada de Carla a mi vida saldaba una cuenta pendiente del pasado, que me devolvió la paz interior que tanto necesitaba.
Los días sucesivos fueron pasando y llegó el otoño en el que un esperado correo confirmaba mi plaza en la Universidad y la de sesenta compañeros más de otras ciudades. Ya no había marcha atrás; solo quedaba comprar un ordenador, una impresora, y  esperar.
La ilusión de emprender un proyecto nuevo había desterrado por completo todos mis miedos. Me sentía afortunada de tener ante mí ese tren que todos deseamos que se detenga alguna vez en nuestras vidas, dispuesto para formarme y estudiar, un sueño hasta ahora imposible por las circunstancias a las que me había llevado el destino. Y muy consciente de que no volvería a pasar, subí a ese tren sin dudarlo ni un solo momento.
Aprovechando unos días de vacaciones, me compré un portátil, mucho más  práctico a  la  hora de viajar  en  caso  necesario y no me equivoqué.
Lo que sucedió unos días más tarde, fue la primera “señal” y  la más significativa de todas las que me acompañaron a lo largo del camino. Al principio intentaba ignorarlas, pero, a medida que fueron repitiéndose, no me quedó más remedio que aceptarlas y dejar de llamarlas casualidades. Solo quienes posean un pensamiento libre, sin barreras mentales que impiden ver más allá, podrán comprender el mensaje de esta historia, por muy fantasiosa o increíble que pueda llegar a parecer, porque, ante todo, la verdad  solo tiene una cara,  por mucho que nos empeñemos en negarla, si no  la  entendemos.
Recuerdo que era por la mañana, sobre las doce del mediodía. Intentaba instalar la impresora que había comprado para mi nuevo PC cuando en ese instante llamaron al timbre. Fui a abrir la puerta y mi hermana María surgió tras ella bastante alterada con una foto en  la mano que no paraba de mover. Muy agitada, y sin dejar ni hablar, no había manera  de entenderla.
—A ver, cálmate, pero  ¿qué te ocurre? —le pregunté mientras entraba a empujones en mi casa.
—Aurora, mira, mira lo que he encontrado en Internet.
Con la mano temblorosa, me mostró una fotografía que ella misma había impreso para enseñármela. A primera vista me asustó un  poco; era muy antigua y esa cara… se me hacía un tanto familiar.
—¡Anda! —exclamé—, perro  si se parece a mí, ¿no? ¿De dónde la has sacado?
Se trataba de la foto de una niña de unos 12 años, en un color sepia anaranjado, con un parecido conmigo extraordinario.
—¿A que tú también lo ves? Por eso te la he subido; es igualita que tú,  hay muchas más fotos  en  su  página, pero  esta  es distinta, qué casualidad.
¿En su página? No entendía nada; ¿a cuento de qué venía esto? Y con el jaleo que tenía montado.
—Mira, estoy muy ocupada, no tengo tiempo para adivinanzas, así que explícate —le dije un  poco harta.
María, a punto de perder la paciencia, siguió:
—No es una niña cualquiera, es una santa.
"¡Una santa!, bueno esto se ponía interesante", pensé.
—Sí, una santa que ayuda a quien se lo pide y, lo hace de una manera muy particular, enviando rosas desde el cielo. Con el ajetreo que llevas, no te vendría mal una ayuda extra por si acaso; se llama Teresa de Lisieux.
No había oído ese nombre en mi vida, aunque la historia parecía muy original.
María, cansada de ver que no le hacía ni caso, cogió la foto, la colocó sobre la mesa y me dijo:
—Ahí te la dejo, búscala por Internet, merece la pena.
Lo que me faltaba, la impresora sin conectar, un programa que desconocía, una historia inquietante y las horas que corrían sin parar agotando mis vacaciones. Además, ya me había agenciado una estampita de otra santa llamada Teresita Quevedo, regalo de mi tía Canu, que la adoraba y que reposaba en  mi escritorio,  calladita  de momento.  Con  una  ya  tenía  suficiente, ¿no?
Por la tarde, un poco intrigada con la foto que me había dado María, decidí buscar información sobre Teresa de Lisieux en el ordenador, impulsada, sobre todo, por la curiosidad que había despertado en mí aquella imagen tan peculiar. Nada más escribir su nombre, una página inicial llena de rosas mostraba la realidad de una bonita historia forjada entre la fe y las incontables muestras de agradecimiento que allí dejaban los fieles seguidores de esta santa. Por si acaso cogí la foto y la guardé al lado de la otra estampa. Total,  ¿qué podía perder? Su mensaje: "Enviaré rosas desde el cielo a todos los que me lo pidan”, abrió una puerta desconocida para mí, sin saber que esa noche, mientras me quedaba dormida pensando en ella, tras ese rezo la magia había empezado florecer.
Fue revelador para mí descubrir que todos tenemos un ángel que nos protege,  guardián de nuestra conciencia, y que, cuando es necesario, se asoma para ayudarnos con inteligencia y sabiduría. ¿Quién no ha mirado alguna vez hacia sí mismo en momentos de miedo, dolor o incertidumbre? Es ahí cuando tu ángel te envuelve, te mima y una señal aparece para guiarte.
Al día siguiente, cuando volví al trabajo, sucedió. Eran las nueve de la mañana. Como siempre pendiente del reloj; igual que el conejito blanco del cuento, llegué a la tienda con muy pocas ganas de trabajar, dispuesta a incorporarme de unas cortas vacaciones. Después de saludar a todos mis compañeros, con los que no faltaron las bromitas por la vuelta a la rutina diaria, Elsa me cogió del brazo y me dijo:
—Aurora, te hemos guardado unos bombones que compró Laura antes de irse; los tienes en la nevera,  no te olvides de llevártelos.
Laura era una estudiante de Óptica que había hecho las prácticas con nosotros. Muy agradecida por nuestra ayuda, compró unos bombones, que, muy oportunos, mis compañeros tuvieron la delicadeza de guardarme, cosa en sí ya milagroso, que llegaran a mí y no se los comieran. La verdad es que estuve toda la mañana  sin parar;  por eso, cuando, minutos antes de cerrar, me acordé de los bombones, fui corriendo al almacén, y en una pequeña nevera que tenemos había una cajita dorada que aguardaba intacta. Entonces ocurrió. Elsa, que estaba a mi lado, al ver mi cara de sorpresa, me preguntó:
—Pero Aurora, ¿te encuentras bien?  Te  has quedado pálida de repente. ¿No te  han dejado ni uno?  
Y soltando una carcajada, añadió:
—Ya  sabía  yo  que se los iban a comer todos…
Ni siquiera las risas de Elsa me hicieron  reaccionar; me había quedado paralizada con una caja de bombones entreabierta, que quería escaparse de mis manos. Dentro de ella, ocho bombones amablemente empaquetados en papel dorado, descansaban sobre una alfombra de pétalos de rosas rojas.
Nunca olvidaré aquel instante en el que de pronto me acordé de la foto y su mensaje. “Enviaré rosas desde el cielo…" Mientras tanto, un intenso olor a chocolate se mezclaba con el perfume tan profundo de las rosas inundando la habitación de un aroma dulce y fresco, una perfecta combinación que vuelve a mí cada vez que lo recuerdo.
Por primera vez, Teresita se manifestaba de una manera inesperada, pero a la vez sutil y refinada. Más adelante, descubrí que solo hay una pastelería en mi ciudad que se dedica a decorar los bombones con rosas. Curioso, ¿no? Ahora tenía la difícil decisión de aceptarla  a  ella o abandonarlo todo a la casualidad, pero, ¿qué podía hacer?
Ya  por la tarde, en mi mesa, unos billetes de tren que Arturo había dejado indicaban el día y la hora con destino a Bilbao, donde en un par de días conocería todos los detalles del primer curso. Casi no  podía creerlo; en apenas una semana iba a comenzar mi aventura, que, por otra parte, acabaría por llevarme hacía una realidad  muy distinta a la que yo  había  imaginado.
Esa noche cuando llegué a casa y le enseñé a María la cajita de bombones, mi hermana ni siquiera dudó. El brillo de sus ojos reflejaba cómo ella creía de una manera muy diferente a como lo hacía yo, que solo rezaba en situaciones de apuro; a María no le hacían falta pruebas, ella tenía fe, una fe que yo envidiaba.
Mi hermana, orgullosa de comprobar que no se había equivocado, me recriminó:
—¿Te das cuenta? Aunque sigo pensando que para creer no hacen falta señales, es muy curioso lo que te ha pasado, y me alegro en el alma; ahora es evidente que la tienes de tu parte.
"La  tienes de  tu parte…  la tienes de tu parte… la tienes de tu parte…"; por la noche, me fui a la cama sin poder quitarme esa frase de la cabeza, hasta que me quedé dormida.
A partir de ese día y, poco a poco, sin que yo me diera cuenta, una fuerza desconocida empezó a crecer en mi interior de una manera arrolladora sintiendo que alguien especial velaba a mi lado, en silencio, a escondidas, dando luz y esperanza en mis peores momentos.

Nunca guardé aquellos pétalos, qué pena, ni tampoco recuerdo qué pasó con los bombones; lo que sí ha quedado en mí es el perfume de las rosas que, como un bálsamo milagroso, embriaga mi alma y me persigue. Sin embargo, todavía necesitaría unas cuantas señales más para llegar a creer como lo hacía María.


domingo, 29 de diciembre de 2019

                                      LA ABUELA ARACELI

Todas las mañanas nada más levantarse, la pequeña Daniela se colaba en el jardín de la casa que lindaba con la suya y, sin que nadie la viese, arrancaba dos rosas blancas de un hermoso rosal para llevárselas a su abuela Araceli que desde hacía algunos meses permanecía en la cama aquejada de una terrible enfermedad. La anciana se había ido consumiendo poco a poco y ya no podía ver, ni tampoco hablar. Cada vez que la niña le acercaba las flores y se las ponía muy cerca de la nariz para que percibiese su fragancia, a  ella se le iluminaba el rostro y era lo único que conseguía sonsacarle una sonrisa. Pero, ya nada iba a ser igual. Y aquel día, el destino, sin dar tregua en el ritmo de la vida, decidió cumplir con su misión una vez más agotando los últimos segundos del tiempo que le quedaba a Araceli.
Esa misma mañana, la niña entró corriendo en la casa con las rosas que había cogido muy temprano, pero, cuando subió al dormitorio de la abuela, la puerta estaba cerrada y su madre aguardaba quieta delante de ella.
Extrañada al verla cómo si la estuviese esperando, inquieta le preguntó:
─Mamá, ¿qué ocurre? ¿por qué está cerrada la habitación de la abuela?
─Verás, cariño, tengo que decirte una cosa muy importante ─le susurró la madre con los ojos humedecidos.
Daniela intuyó que algo no iba bien, sin embargo, no quiso escucharla y le replicó con impaciencia:
─Por favor, déjame pasar, tengo que darle sus rosas de hoy.
La madre, sin saber cómo confesarle a su pequeña que Araceli había muerto esa misma madrugada, intentó retenerla para que no entrase en el cuarto. Pero, la niña sin hacerle ningún caso abrió la puerta muy decidida ajena a lo que acababa de suceder. Se acercó sigilosa a la cama, y cuando descubrió el cuerpo de la abuela completamente inerte y su rostro que parecía profundamente dormido, solo entonces comprendió. Invadida por la pena rompió a llorar y comenzó a besarla acurrucándose sobre su pecho.
La madre de Daniela que contemplaba la escena detrás de ella llena de impotencia, la agarró con fuerza para sacarla de ahí mientras el lloro de la niña resultaba cada vez más angustiado.
─Vamos, cielo, tienes que sobreponerte. La abuela estaba muy malita y ahora ya no sufrirá más ─le consolaba la madre abrazándola con ternura.
Pero la chiquilla, que era la primera vez que se enfrentaba a una realidad tan dolorosa, se escabulló de sus brazos y salió desesperada de la habitación con las rosas en la mano hasta que llegó al jardín. Y, bajo la presión de la amargura que la embargaba, las tiró al suelo y comenzó a pisotearlas con una rabia infinita.
La madre, pendiente en todo momento tras ella, al ver como rompía aquellas flores no pudo más que intentar hacerla razonar:
─Daniela, no puedes comportarte de esa manera. Esas rosas las cogiste para la abuela y a ella no le gustaría verte así... Si las destrozas, ya no podrá sentir su aroma desde el cielo.
La niña entendió que su madre tenía razón y arrepentida por lo que acababa de hacer, cogió todos los pétalos desparramados por el suelo y los trocitos de los tallos partidos. Acto seguido, hizo un agujero escarbando en la tierra del jardín mientras las lágrimas que emanaban a borbotones de sus ojos, caían al suelo mojando la hierba igual que si fuesen agua cristalina.
─¿Pero, qué estás haciendo ahora? ─le preguntó la madre extrañada.
La pequeña se giró hacia ella y le respondió con la voz entrecortada:
─Las estoy escondiendo para que ya nunca nadie pueda robarme su olor, así siempre permanecerá intacto solo para ella.
No obstante, lo que aún no sabía Daniela, era que con ese noble gesto de intentar conservar algo tan preciado como el perfume de las flores que más agradaban a su abuela, la magia de la vida había comenzado a florecer también, y todas las mañanas, cuando la niña continuó con la bella costumbre de acercarse a aquel rincón en el que había depositado aquellas últimas rosas, el llanto que derramaba en su recuerdo fue haciendo que lentamente germinase un hermoso rosal de flores blancas, el más precioso de todos los jardines de la comunidad.
Y así, al tiempo que Daniela fue creciendo a la vez que ese inmaculado racimo de rosas albas, siempre supo en el fondo de su corazón que era su abuela quién esparcía aquel penetrante incienso desde el más allá; un bálsamo especial que todo el mundo envidiaba.
Y ya nunca más lloró, pues descubrió que cada vez que se embriagase con aquellas singulares flores, un pedacito del alma de su abuela la envolvería con su esencia para protegerla.

Dicen que siempre hay algo que nos une con los seres que más amamos y que ya no están con nosotros. Puede ser un objeto, un aroma, un pensamiento, un verso, una canción..., lo maravilloso es afianzar el lazo inmortal que nos une a ellos, diferente y especial para cada persona, y que solo uno mismo es quien lo hace revivir en su memoria.

Amparo Belmonte Meseguer


domingo, 22 de diciembre de 2019

PRÓLOGO Y CAPÍTULO 1º DE LAS DOS TERESAS

LAS DOS TERESAS

Prólogo

Ahí quieta, una fotografía antigua reposa encima del secreter dejando asomar el rostro sereno y amable de una joven monja. Ocho velas aromáticas, un esenciero de cristal coronado con una hermosa cruz de brillantes y un arca que contiene una rosa roja la custodian. Si la miro, siento paz y respeto, pero cuando enciendo las velas su mirada se transforma y cobra vida, porque ella es así, un alma fiel que traspasa lo real, a pesar de estar al otro lado.

Unas horas antes...
Aquella tarde llovía mucho. José y Aurora se arreglaban para ir a la feria de muestras que todos los años se celebraba en su ciudad, donde cinco pabellones exponían todo tipo de artículos y complementos que todavía no habían salido a las tiendas. Una cita obligada, que esta vez sería especial y diferente, sobre todo para Aurora, que sin saberlo iba a ser testigo de la última señal.
José, gran amante de los coches, los relojes y todo lo relacionado con el mundo de las antigüedades, era un asiduo visitante de esta exposición, en la que siempre encontraba algo interesante que llevarse para casa. Ni siquiera la lluvia que estaba cayendo sin cesar era excusa suficiente para retrasarse o dejarlo para otro día. Cansado de esperar a Aurora, que llevaba ya demasiado tiempo delante del espejo, al ver lo  tarde que era, le dijo:
—Vamos,  Aurora, que a lo que lleguemos van a cerrar…
Cogió el paraguas, las llaves y se fue directo a llamar al ascensor.
Aurora, bastante resignada, simplemente lo acompañaba. Ella odiaba todo lo que tuviera que ver con las aglomeraciones y los espacios enormes que nunca se acaban.
Una vez allí, tras recorrer casi toda la feria y admirar una competición ecuestre, que era la novedad de ese año, fueron directamente a ver la última exposición que les quedaba,  la dedicada al mundo de la decoración.
José, un poco perdido de aquí para allá, entre mesas, cuadros, sillones y toda clase de muebles para el hogar, se había distanciado de Aurora, que en esos momentos miraba entretenida un escaparate de artículos de segunda mano, buscando quizá alguna muñeca antigua que añadir a su amplia  colección  iniciada  hacía ya muchos años.
Decepcionada y aburrida, sin encontrar nada de su agrado, decidió marcharse justo cuando acudía José, el cual, convencido de que podía haber cosas interesantes en aquel lugar, le cogió de la mano y le dijo:
—Aurora,  por favor, te prometo que lo vemos rápido y nos vamos.
Un poco a regañadientes Aurora lo acompañó, hasta que, de repente, en el último puesto que les faltaba por visitar, un cuadro apoyado en un rincón del suelo que pasaba desapercibido llamó su atención. Se agachó para cogerlo y vio que se trataba de una foto muy antigua, se quedó paralizada; el rostro de una joven monja parecía mirarle sonriente.
José, que conocía muy bien a su mujer, la vio tan concentrada en su pequeño hallazgo, que le preguntó:
—¿Qué te ocurre? Te has puesto pálida.
Pero, como ella no le contestaba, volvió a insistirle:
—¿Quién es? Es una monja, ¿no?
Aurora, con el corazón latiendo a cien por hora, no podía dejar de mirar aquella foto:
—No puedo creerlo, sí es ella, no hay duda.
Un letrero diminuto escrito a máquina en un lateral lo confirmaba: "Retrato auténtico de Teresa de Lisieux"
—Mira, José, es Teresita, ya sabes, la de las rosas. Sí, hombre, la de mi libro, ¿recuerdas?
Bastante desconcertada, Aurora fue directa a preguntar cuánto costaba, sin hacer caso ni escuchar a José, que, corriendo detrás de ella,  le decía:
—Espera, déjame a mí, que a ti siempre te engañan.
Ella, impaciente, le  recriminó:
—Me da igual lo que valga;  me lo voy a llevar de todas formas.
Una hora más tarde, Aurora volvía feliz a casa con aquel cuadro entre sus brazos, llena de emoción, no solo por ser de quien era, sino porque aparecía ahora que se había aventurado a escribir un libro en el que Teresita era parte fundamental del mismo.
De nuevo una señal, mucho más directa que las anteriores, afloraba para dar veracidad a su relato, una apasionante historia basada en hechos reales.
Al día siguiente, Aurora colocó el retrato en su secreter, encendió ocho velas perfumadas a su alrededor y, bajo el embrujo centelleante del humo que invitaba a la oración, empezó a rezar desde lo más profundo de su alma en busca de inspiración y de valor para acabar lo que había comenzado: un libro sobre las distintas señales que se fueron asomando en una etapa de su vida, como prueba fiel del legado que Teresa de Lisieux prometió antes de morir: "Enviaré rosas desde el cielo, a todos los que me lo pidan…"
Después, sin más, se sentó en su mesa, encendió el ordenador y se puso a escribir, sintiéndose mucho más segura y con la fuerza necesaria para transmitir su mensaje, toda una verdad encaminada a traspasar la fina línea que separa la razón de lo increíble,  algo le decía en su interior que Teresita estaba  más presente que nunca.





                                                                       Capítulo I

El  ruido  del  Extractor

Ni siquiera sé cómo empezar este libro; supongo que por el principio, claro. Si fuera un cuento sería más fácil: “Érase una vez”, pero no, no tiene nada de cuento. Porque esta es la historia de un sueño que se cumple a pesar de todo, temores, alegrías, miedos, sacrificios y un montón de ilusiones forjadas a fuerza de creer en uno mismo o en alguien que sin darte cuenta llega a tu vida de puntillas, se esconde en lo más profundo del alma y a lo largo del camino va dejando señales que al final dan sentido a todo.
Sí, esta es una historia, mi historia, y quiero plasmarla tal y como fue. Porque a veces los sueños  también se cumplen,  como en los cuentos.

Cinco años antes...
La mañana era como una de tantas. Me disponía a terminar de etiquetar todas las gafas cuando Arturo entró en el almacén con unos papeles en la mano. Se le notaba nervioso, cosa muy habitual a esas horas de la mañana, se acercó  a donde yo estaba y exclamó:
—¡Han enviado un correo de la central! Se trata de un proyecto nuevo y pionero; leedlo con atención y ya me diréis si os interesa; es importante.
Su tono, un tanto irónico, me llamó la atención. Dejé lo que estaba haciendo y me dispuse a ver de qué se trataba.
Vaya, «qué interesante», pensé, no podía creerlo. La Universidad de Cubera abría sus puertas a trabajadores de óptica en una oportunidad ofrecida on line y mi empresa estaba decidida a correr con todos los gastos de matrícula y dietas de la carrera a quien quisiera apuntarse. Las dos semanas presenciales obligatorias al año para examinarse y hacer las prácticas contarían como horas trabajadas. La propuesta, desde luego, no estaba nada mal.
Esta idea me pareció fantástica, porque, tras cerca de veinte años de trabajo a las espaldas, se presentaba ante mí una ocasión única, poder estudiar sin dejar de trabajar. Un deseo que siempre había soñado y que hasta ese mismo instante no dejaba de ser más que una mera ilusión.
Ya es hora de que me presente: me llamo Aurora y trabajo en una de las empresas más cualificadas en el mundo de la óptica. Inicié mi profesión hace muchos años, un poco por casualidad, en otra tienda más pequeña también de óptica, donde una serie de cambios y problemas, que bien podrían ser el contenido de otro libro, me llevaron hasta aquí, hace ya seis años,  después de mucho pensar,  llorar y desesperarme.
El cambio al que tuve que enfrentarme supuso afrontar la llegada de una nueva vida, incierta y desconocida, ya que la seguridad que me daba tener un empleo fijo no fue suficiente para aguantar los continuos desaires y desprecios con los que últimamente  tenía que  batallar  y que  al final pudieron  conmigo.
Ahora, que ya ha transcurrido el tiempo necesario, puedo dar gracias a Dios por aquella decisión tan arriesgada. Sin ninguna duda, si miro hacia el pasado, no soy capaz de reconocerme.
Una continua sucesión de acontecimientos desafortunados me obligaron a encarar una nueva etapa llena de sorpresas, que aguardaba sin remedio como hecha para mí,  a pesar de las lágrimas que tuve que derramar por ello.
Pasar página y partir de cero fue un listón demasiado alto en aquellos momentos, en los que la estabilidad de mi familia dependía en gran parte de los ingresos que aportaba mi trabajo. No se puede remar contra corriente, y, aunque muchas veces nos empeñemos en negarnos la realidad, son las circunstancias las que nos obligan a tomar decisiones, que, correctas o no, son las que nos ayudan a seguir hacia delante.
No hay nada peor que quedarse estancado y aceptar como normal lo que no lo es, o dejarse pisotear si no lo mereces; es entonces cuando al tocar fondo no hay que  dudar, sino mirar de frente y abandonarse a la intuición, o por qué no a la fe, pues, en aquella etapa de mi vida, la duda y el desconcierto en el que me vi atrapada  fue  tan  grande  que solo algo mágico y bondoso se encargó de guiarme hacia donde hoy felizmente me encuentro. También creo que el destino que tenemos reservado está repleto de caminos diferentes que conducen a un mismo fin, y que solo depende de cada uno saber elegir el más adecuado.
Recuerdo el último día que pasé en aquella tienda, donde, junto con mi compañera, que marchaba conmigo, dedicamos los últimos minutos para enviar un correo electrónico a todas las tiendas de la compañía y,  por supuesto, a la dirección, una “carta de despedida” que decía algo así:
"Queridos compañeros, a todos aquellos que formáis parte de esta gran familia que es... óptico va dirigida nuestra carta de despedida, tanto a los que nos conocen como a los que no, a  los  que  ya se han ido y, sobre todo, a los que se quedan. Porque después de cuatro años de continuos sinsabores, acciones injustificadas y preguntas sin respuestas, nos vemos obligadas a partir con la esperanza de encontrar en otro sitio la consideración, el respeto y la empatía que aquí no hemos encontrado. Atrás dejamos tantos años de trabajo serio y responsable, que, sin valorar por parte de la dirección, quedan ya para el olvido.
                                                        Aurora y Marian"

Esta carta encierra un mensaje lleno de tristes sentimientos, pero también de esperanza e ilusión. Los tres últimos años de mala gestión, llenos de cambios por parte de un nuevo director que apenas llevaba ese tiempo en la empresa, polarizaron el buen hacer de todos los anteriores, quince, exactamente, toda una vida de trabajo responsable en los que, igual que en una escuela, aprendí la mayor parte de los conocimientos que hoy son la base de mi profesión actual.
Por ello no puedo dejar pasar mi más profundo respeto al director de esos primeros años, esté donde esté, pues ya  no vive; el destino se lo llevó en un accidente  de  tráfico,  quedando en mi memoria la última vez que lo vi despidiéndose de mí en la puerta con su habitual y amable sonrisa:
—Adiós, Aurora, hasta la próxima vez, y no olvides lo que te he dicho. Ya  hablaremos.
Aquella próxima vez quedó en el aire para siempre, y una espiral de acontecimientos enrevesados, que serían el principio del fin, cambió para bien el rumbo de mi vida.
Marian, mi compañera de tantos años, sufrió conmigo esta última etapa de la misma forma que yo,  de manera que los continuos problemas y sinsabores acabaron por forjar una amistad que conservamos hoy en día, además de seguir siendo compañeras de trabajo en sucursales distintas.
No me voy a extender aquí, no es el objetivo que me guía en esta historia, pero sí  narraré algunos de lo sucesos que más influyeron a la hora de tomar la decisión de empezar de nuevo en otro sitio.
Todo comenzó al mes de la muerte del director general, la empresa decidió buscar uno nuevo y contrató los servicios de un psicólogo, que se encargaría de “analizar” a cada uno de los empleados. El propósito de mejorar el ambiente de trabajo para obtener así un mayor rendimiento personal era en definitiva un mensaje oculto que encerraba una reestructuración global de la  plantilla,  principalmente,  de  los que  llevábamos muchos años trabajando.
El equipo lo formábamos cuatro, Marian, Darío, Ramón, el gerente, y yo. Sin contar los problemas normales y cotidianos, podría decirse que la tienda funcionaba en un ambiente agradable, en el que la manera tan personal y familiar de atender a nuestros clientes era lo que  les  hacía  volver  y no el “nombre” para el que  trabajábamos.
Ramón, el gerente, con un carácter inestable y bipolar, era quizá lo único que entorpecía nuestro día a día, porque quien realmente controlaba la tienda no era él, sino nosotros, que nos llevábamos muy bien y le  hacíamos  la  mayor  parte  de  su trabajo. Pero, ¿quién no tiene un “jefe” en su vida?, y fueron pasando los días hasta que una mañana nos llegó la noticia de que un psicólogo vendría a visitarnos para conocernos en persona,  prometiendo a cambio un trato privado y confidencial.
A mí, en un principio, la idea me pareció bastante divertida y  pensé: «Ya  es  hora   de que se den cuenta de cómo somos y de que conozcan al verdadero Ramón», al que me costaba mucho soportar.
Llegó el día y Ramiro se presentó muy cortésmente, utilizando una herramienta que sabía usar muy bien, su mirada. Unos impresionantes ojos azules acompañados de una suave y melodiosa voz  hicieron que, sin darme cuenta, cayese en sus redes.  Las tres largas horas que duró nuestra charla fue mucho más que un cambio de impresiones, debido a que Ramiro, muy hábil, gran conocedor de todo tipo de técnicas psicológicas y del lenguaje corporal, sacó de mí lo que quiso.
Quería información y yo se la di sin ser consciente de que mi interlocutor no era en realidad quien decía ser, sino un embaucador que supo llevar muy bien las riendas de aquella conversación, que estuvo repleta de confesiones personales, del trabajo que hacíamos cada uno y, cómo no, de Ramón, que, por encima de mí, me tenía dominada por completo.
Emocionada y engañada a la vez por aquella persona que me hipnotizó igual que un encantador de serpientes, terminé mi entrevista muy segura, convencida de que sería confidencial y privada. ¡Qué gran  error!
A última hora de la mañana le tocó a Marian, que, tras esperar ansiosa su turno, apenas tuvo oportunidad de decir nada en una entrevista tan corta que solo sirvió para compartir temas superficiales.
Ya por la tarde, más templada, le dije:
—Marian, no te agobies, si hay alguien que debe preocuparse creo que soy yo,  o puede que Ramón. Ahora me arrepiento de todo lo que he contado. ¿Y si Ramiro no fuera quien dice ser?  No quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría.
Ese mismo día, Ramiro se despidió de nosotros con un singular: “Hasta pronto, tendréis noticias mías…"
Y vaya si las tuvimos. A la semana siguiente tuve un sueño revelador en el que un fax anunciaba el nombramiento del nuevo director general:  Ramiro…
Cuando se lo conté a Marian, se puso histérica. Ella tenía una fe ciega en mis sueños al comprobar como se cumplían y estaba obsesionada con que Ramiro nos había mentido. Debido al estrés tenía bastantes sueños premonitorios relacionados con el trabajo; eran tan frecuentes que acabé apuntándolos en una agenda para ver si luego sucedían.  Digamos que nací con ese “don”; mi problema es que nunca he sabido ubicarlos, igual ocurren a los pocos días o, por el contrario, mucho después.  Lo malo es que esta vez acerté de lleno.
—¡Te lo dije, este tío nos la ha jugado! ¡Ya verás cómo es el nuevo director! —exclamó Marian muy alterada.
Dos días más tarde, un “anunciado” fax presentaba al nuevo director, que llegaba a nosotros a través de la farsa y de la manera más vil que se pueda imaginar: un lobo disfrazado de cordero, que, abusando de la buena voluntad y confianza que le dimos, elaboró un cóctel explosivo del que terminaríamos bebiendo tres años después.
Semejante noticia me tuvo desconcertada durante mucho tiempo, sin llegar a creerme del todo que Ramiro fuera a ser el nuevo presidente de la compañía; como mucho, alguien sin escrúpulos con  poder  para  “limpiar”  los  equipos  de  cada  tienda.
Las semanas siguientes, tras aceptar como pudimos el nuevo fichaje, llegó la hora de la visita “ya oficial” de don Ramiro, nuestro nuevo director general. Para este incómodo encuentro, por lo menos, para mí, desde la central reservaron una habitación en el hotel, que, bastante aparente, habían construido hacía poco justo enfrente de la tienda. Por lo visto, las salas de trabajo que suele haber en los hoteles no parecían apropiadas y optaron por elegir una suite en la quinta planta.
Al enterarme de que la entrevista sería individual en la habitación de un hotel me entró pavor, pero qué se podía esperar de este hombre con lo que había hecho apenas unos días antes.
Era viernes, seis de la tarde; había llegado mi hora. Ramiro, junto con Rafael, nuestro director de zona, con  el que yo me llevaba bastante bien, había empezado ya las entrevistas. Recuerdo que estaba tan nerviosa que, cuando llegué al hotel, empujé tan fuerte la puerta giratoria principal, que sin querer di dos vueltas seguidas antes de poder entrar. En ese momento recé para que nadie me hubiese visto y menos él que, muy sonriente, esperaba mi llegada en el fondo de la sala. Disimulando como si la cosa no fuera conmigo, me acerqué hasta,  que al  tenerle de frente  ni  siquiera podía mirarle a los ojos, cosa que tanto le gustaba, condicionada por todo lo que habíamos hablado unas semanas antes y que ahora me producía escalofríos.
Estrechó mi mano, me dio dos besos y me dijo:
—Hola,  Aurora, soy tu nuevo director, encantado de volver a saludarte.
Ahora sus ojos ya no me parecían bonitos, sino dos puñales fríos como el hielo que traspasaban los míos al cruzarnos la mirada.
Acto seguido, subimos en un ascensor lleno de espejos. Ramiro, muy cerca de mí, no dejaba de mirarme. Solo el timbre melodioso que avisaba la llegada a nuestra planta le hizo reaccionar. La habitación 525 esperaba justo al lado. En la suite, descubrí una antesala amueblada con un sillón negro, dos sillas más pequeñas a los lados y una mesita con caramelos, todo colocado a propósito. Detrás, una puerta abierta de par en par daba paso al dormitorio, que dejaba asomar una sospechosa cama de matrimonio.
Ni siquiera habíamos comenzado y yo ya estaba temblando como un flan, muy insegura y llena de dudas: "¿Dónde debería sentarme, en el sillón o en una silla?" "¿Los caramelos serían de verdad, o quizá rellenos de alguna sustancia?" "Y la puerta del dormitorio, ¿qué necesidad había de tenerla abierta?
Consciente de mi inseguridad,  Ramiro, muy educado, me invitó a tomar asiento, sin  dejar ni un solo segundo esa falsa sonrisa que parecía haberse tatuado, pero, cuando iba a sentarme en una de las sillas, muy caballeroso me recriminó:
—Aurora, ahí no, por favor, siéntate en el sillón, estarás mucho más cómoda. Relájate; además, si te encuentras mal, no te preocupes, te tumbaremos en la cama si es necesario. ¿Quieres un caramelo?
—"¡Caramelos no!", pensé para mí;  mi intuición me decía que no debía probarlos.
En ese momento, como en un flash, me vino al pensamiento la imagen de Blancanieves mordiendo la manzana; esta vez la moraleja de los cuentos había cumplido su papel. ¡Madre mía! Entonces me di cuenta de que todo estaba preparado; la intimidación era un arma muy  poderosa  y  Ramiro,  que lo  sabía a la perfección, la utilizó sin ningún pudor.
No tuve más remedio que afrontar la situación, en la que, pregunta por pregunta, intenté mostrarme tal y como soy y conseguí convencer a Ramiro, que sin parar de hablar durante dos largas horas, me confesó que no iban a  prescindir de mí,  sino todo lo contrario, tenían planes de futuro muy interesantes y habían reservado un propósito concreto que descubriría a su debido tiempo.
En resumen, un  lavado  de  cerebro que  no  serviría para nada.
De todo lo dicho en esa reunión, aún resuenan en mi cabeza las palabras que, tras armarme de valor, tuve el aplomo de decir, porque ya no me fiaba de nada:
—Estoy dispuesta a colaborar en todo lo necesario, pero, si un día decido marcharme de la empresa, podéis tener por seguro que no habrá dinero suficiente para retenerme y hacerme cambiar de idea.
Y ahí lo dejé caer, sin poderme ni imaginar que aquel claro mensaje, igual que una profecía, acabaría cumpliéndose tres años después.
Las entrevistas de Marian y Darío fueron de lo más normal. No así  la de Ramón,  que confesó cómo le habían intimidado y acomplejado de tal manera que, al verse tan acorralado, una presión a la que no estaba acostumbrado, no se le ocurrió otra cosa que fingir un falso desmayo tirándose al suelo y todo. Una desesperada actuación, merecedora de un óscar, que dejó sin habla a los directores. Esto nos los contó meses atrás, cuando ya nada importaba, porque Ramiro, que no lo quería en su nueva plantilla, hizo todo lo que estuvo en su mano para acabar con él.
En el fondo me ha quedado la duda de si mis palabras influyeron de alguna manera en la decisión de Ramiro hacia Ramón. pero los años me han dado la respuesta acertada. El tiempo pone a las personas en su sitio, y es cierto que quien siembra, tarde o temprano,  recoge  los frutos de su  cosecha,  tanto  los  buenos como los malos. Ramiro, a pesar de los pesares, era una persona muy intuitiva e inteligente, y caló desde el primer momento la personalidad de Ramón.
Yo, en realidad, solo fui una protagonista más en esta singular etapa que me enseñó que las cosas siempre suceden por alguna razón y que, aunque me cueste reconocerlo, todos los desaires, mentiras e injusticias que Ramiro nos dedicó, fueron el trampolín que yo necesitaba para enfrentarme a un destino más certero.
Dos meses más tarde, agobiado y abrumado por las circunstancias, sin poder aguantar la presión de tener por encima a un jefe que lo dominaba y lo ridiculizaba en cada visita, Ramón anunció su despido, movido por una idea que llevaba ya tramando hacía mucho: montar su propio negocio. Su plan de intentar llevarse muchos clientes sin que nos diéramos cuenta no le salió bien y fue a parar en otro sitio en un nivel inferior. Nunca más he vuelto a saber de él.
Darío, al que la situación tampoco le sonreía, después de meterse en serios problemas personales, terminó en la calle de una manera inesperada.
Y, como peones en un tablero de ajedrez, quedamos solo Marian y yo en el  jaque  mate  de una  jugada, en la que Ramiro había sabido mover  muy bien cada una de sus fichas.
Más adelante, la llegada de una nueva compañera, Paula, hizo más ameno nuestro día a día. Y, así, fueron pasando gracias al empuje que todas realizamos para que aquella tienda funcionara con tantos cambios, mientras Ramiro buscaba un nuevo encargado que estuviera a la altura de las circunstancias, curiosa paradoja por ser nosotras solas las que llevábamos el timón ante todos los problemas.
Pero fueron transcurriendo los meses, y las visitas de Ramiro y Rafael eran cada vez mas distanciadas, igual que los contactos telefónicos o los mensajes por ordenador, debido por el interés en transformar y modernizar otras tiendas, lo que dejó a la nuestra de momento en un segundo plano.
No recuerdo cuánto estuvimos de esta manera, al mando de una tienda que, sin ser nuestra, lo parecía, con una entrega y dedicación en nuestro trabajo que siempre fue seria y responsable, algo que  nunca valoraron  nuestros  jefes.
La gota que colmó el vaso (y nunca mejor dicho) fue el día en que, como si nos hubiesen echado mal de ojo, un aparatoso accidente, que merece la pena contar, acabó por hundirnos: una tarde a primera hora, dos técnicos se disponían para reparar el aire acondicionado, que, ya muy antiguo, no podía combatir el calor insoportable del verano. Eran profesionales que yo había contratado, porque cansadas de pedir ayuda a la central, que siempre nos daba largas, al final nosotras teníamos que resolver sí o sí todos los problemas inesperados, al margen de unos jefes que se limitaban a aceptar los presupuestos.
Estaba entregando unas gafas a un cliente que curiosamente se apellidaba Aguado cuando, de pronto, un pequeño chorro de agua empezó a caer por uno de los focos halógenos del techo. Los dos, con tan peculiar escape, nos quedamos extrañados, pero intentando controlar la situación y, antes de que mi cliente se inquietara, le dije confiada:
—No se preocupe, están  arreglando el aire  acondicionado.
Todo sucedió muy rápido, tanto que cuando fui a avisar al ayudante que, sin sospechar nada, sostenía un cubo al lado de su compañero, al percatarse de que aquello era algo más que una pequeña fuga, de repente, tiró el cubo que llevaba al suelo y salió corriendo por la puerta, como alma que lleva el diablo. Después de aquella reacción, tan absurda como inesperada, me di cuenta de lo que se nos venía encima y pensé: "¿Pero qué hace? ¿Se ha vuelto loco?"
En ese momento, el miedo me bloqueó, sin saber muy bien qué hacer, si salir corriendo, como él, o quedarme viendo cómo aquel chorro de agua se hacía cada vez más grande. Fueron los gritos de Marian, que venían  del gabinete de lentillas, donde estaba la máquina del aire, los que me  hicieron volver a  la  realidad.
Cuando entré, una imponente cascada de agua, que en nada tenía que envidiar a las de Iguazú, caía  sin cesar por la trampilla del techo, justo encima del técnico del que solo se divisaba ya un pie a través de la escalera, mientras luchaba contra la fuerza torrencial del agua, hasta que consiguió bloquear la llave de paso; si no, cinco mil litros hubieran inundado sin remedio nuestra tienda, en la que el agua ya llegaba  hasta la calle.
La planta de abajo, donde teníamos el taller, la sala de audífonos y los aseos comenzaron a inundarse y me acordé de las máquinas nuevas que habían traído el día anterior. Todavía permanecían embaladas en el suelo del taller, "¿Se habrían mojado? ¡Dios mío!, valían un dineral…"
Aún me parece estar oyendo en medio de aquel jaleo la sirena del camión de los bomberos,  que, mezclándose con los gritos de Marian, me obligó a bajar al taller, donde el agua ya empezaba a acumularse.
Recuerdo cómo una vez abajo unos brazos me cogieron por detrás para subirme en volandas, era un bombero que bastante enfadado me recriminaba:
—Pero niña,  ¡qué imprudente! Podías haberte electrocutado.
Tras dos horas de arduo trabajo, los bomberos consiguieron sacar toda el agua que quedaba, pero, el  paisaje que quedó fue desolador. Los muebles, la mayoría, inservibles y con una humedad que tardó mucho en desaparecer, parecían champiñones en mitad de aquella tienda totalmente arrasada; menos mal que las máquinas del taller se habían salvado gracias al embalaje que las protegía y que aguantó esta desafortunada riada.
Ya de noche, cuando llamamos a la central para comunicar lo que había sucedido, la secretaria se limitó a pedirnos el número de la póliza del seguro.
Le rogué que me  pasara con  Rafael para  contárselo todo. Se limitó a decirme:
—Ahora es imposible, están todos reunidos, no se les puede molestar.
—¿No se les puede molestar? —grité enfadada—. Esto es una emergencia, ¿sabes la que se ha liado aquí?  Ni siquiera sé si mañana podremos abrir; está  todo patas arriba.
—Haced lo que podáis; mañana volvemos a hablar.
Ese día nos fuimos muy tarde a casa, intentando poner un poco de orden en medio de aquel caos. Nos dieron las dos de la madrugada. Al día siguiente, fue inútil; nadie nos llamó.
Con mucho esfuerzo conseguimos poner la tienda otra vez en pie, aunque no pudimos eliminar el olor a humedad, que se quedó impregnado sin remedio en aquellas paredes enteladas de color salmón, ahora de color marrón chocolate. La tienda, que era una copia exacta de una boutique de lujo de Milán, llamaba la atención por una impresionante lámpara de cristal de más de dos metros de altura situada en el centro de la escalera. Un bonito rincón forrado de pequeños espejos que multiplicaban su luz y que ahora, no hacían más que resaltar lo mal que había quedado todo con la inundación.
Dos meses después, cuando los jefes se dignaron a hacer acto de presencia y se dieron cuenta de la magnitud del accidente, decidieron iniciar las obras de cambio que ya tenía en mente su majestad don Ramiro.
Un día, al poco de comenzar las obras, mientras yo estaba en el banco, dos trabajadores descolgaron la lámpara, y sin ningún miramiento la arrojaron a un contenedor de escombros que había preparado en la esquina de la calle. Cuando llegué y vi todas las lágrimas de cristal desmontadas y tiradas de cualquier manera, tuve un fatal presentimiento; igual que esa lámpara, yo tenía los días contados en esa tienda. Es curioso, pero no me equivocaba. Pero aún había más: entré en la tienda y vi como un albañil parecía disfrutar rompiendo a lo loco todos los espejos de la pared; entonces pensé: "Con la mala suerte que trae esto, ¿no? Si un espejo roto son siete años de desgracia, ¿cuántos años serán tantos hechos añicos?"
Y, así, nuevos problemas se fueron sucediendo en el transcurso de los tres años siguientes, los cuales no voy a narrar, memorias inolvidables que bien podrían ser el contenido de otro libro.

Tres años después...
Eran las ocho y media de la tarde. Aurora se había quedado sola para cerrar. Bajó la enorme persiana automática y fue al taller dispuesta a apagar las luces. Como siempre, primero desconectó el interruptor del extractor y pensó: "¡Qué descanso!"
Tras el click del pulsador, una paz silenciosa acababa con ese horrible ruido al que nunca llegó a acostumbrarse y del que solo al apagarlo se apreciaba lo desagradable que podía llegar a ser. Cerró el diferencial de la luz y, en medio de la oscuridad que la rodeaba, se quedó pensativa intentando retener aquel momento en su memoria, donde después de casi veinte años, era el último que pasaba.
Lentamente,  subió las escaleras sin mirar atrás, hasta que llegó a la pequeña puerta que daba acceso a la salida. La abrió y una bocanada de aire fresco golpeó su rostro, que, empapado por las lágrimas, reflejaba el profundo sentimiento de tristeza que ahora le embargaba, porque sabía que, cuando cerrara esa puerta, jamás volvería a abrirse para ella.